Presentacion del Instituto
Información Institucional - Historia - Objetivos - Autoridades
Actividades del Instituto
Artículos de Interes
Galería de Fotos
Información de Contactos
Contactenos por Email

 

 

 

ETICA OBJETIVA Y NATURALEZA HUMANA

Por el Dr. Julio César Castiglione


Introducción
Este trabajo, se inspira fundamentalmente en la llamada doctrina tradicional de Aristóteles y Santo Tomás. Aunque para muchos ella ha pasado de moda, considero que todavía puede contribuir con vigor a esclarecer un problema tan interesante y valioso como es determinar el fundamento de la Etica. Para ello se parte de la noción de naturaleza, se explica su consistencia y caracteres, se sigue con el origen del saber ético, con la relación entre el ser y el deber ser y con la posibilidad de la existencia de lo justo natural. Se concluye explicando la influencia de la naturaleza humana en la ética, las causas de la variación de la moral social y se hace una refutación del relativismo.

La noción de naturaleza
Es fundamental, en mi opinión, la noción de naturaleza cuando se investiga el fundamento de la Ética. Se puede decir que naturaleza es la esencia en su aspecto dinámico. Es sabido que la esencia es aquello que hace que un ser sea lo que es y no otra cosa. Por ejemplo, la esencia de un triángulo es tener tres lados, la de un cuadrado tener cuatro, y del círculo estar formado por un línea curva cerrada cuyos puntos están todos a igual distancia de un centro. Por lo tanto, mientras la esencia se caracteriza por describir los rasgos de un ser de una manera estática, la naturaleza lo hace de forma dinámica conforme a sus potencialidades o tendencias. Se considera, verbigracia, que la esencia del hombre consiste en ser un animal racional, y su naturaleza en sus tendencias innatas como ser curioso, interesado, religioso, buscar explicarse los fenómenos que conoce, etc.
Las características de la naturaleza son:.
1) Dinamismo. Los seres de la naturaleza se caracterizan por su movimiento. Poseen tendencias que los impelen. Ejemplo característico, dice el filósofo Michel Villey, la planta: una planta nace brotando de una semilla y produce una rosa, que muere. “El ser natural no es un hecho (científico) ya cumplido (factum), al que se coge una vez muerto sino un ser vivo y corruptible” .
Por eso agrega: “el Creador ha puesto un plan no sólo en los seres irracionales, sino también sobre el mundo de los actos humanos: espontáneamente tendemos a seguir ese orden de manera inconsciente, instintiva, como los animales y las plantas” (Castiglione, 1998, p. 294.) Por lo tanto, ese dinamismo supone la existencia de tendencias innatas.
En conclusión, el ser natural se mueve, cambia por sí mismo. “Aunque el crecimiento de la planta está condicionado por el clima, las estaciones, el sol y la lluvia, primero está regido por una fuerza interna”.
2) Finalidad o “telos”. Pero si el ser natural se mueve, no lo hace de un modo caprichoso o arbitrario, sino que sigue un fin conforme a un programa inscripto en lo profundo de su ser. Está programado para una finalidad que asegura su perfección. Todo ser está compuesto de privación o de plenitud posible; de potencia y de acto.
Al parecer de Villey, la omisión del fin es uno de los mayores errores de la cosmovisión contemporánea. A partir del siglo XVII, la ciencia moderna quiso economizarse las causas finales, sostiene. No les servían a los técnicos, cuyo propósito era el de fabricar unas máquinas; para ello les bastaba con estudiar las causas eficientes.
Por mi parte, pienso que hay otro factor adicional. Hoy en día predomina un cierto escepticismo metafísico que lleva, si no a negar a Dios, por lo menos a ponerlo entre paréntesis. Y el reconocimiento de la existencia de causas finales implica la aceptación de un ser inteligente que obra en los seres y les fija fines.
Pero si hay un fin, se puede concluir en la existencia de un modelo al cual los seres naturales tienden y cuyo conocimiento permite determinar en qué medida un ser es natural o antinatural, esto es, en qué medida llegan a realizar el modelo o se apartan de él. Como corolario, Villey afirma que en los seres hay un bien, hay un valor, lo cual resulta escandaloso para el espíritu científico moderno que separa el mundo de los valores del mundo de las cosas.
3) Orden. Por lo tanto, se da la posibilidad mayor o menor de acercarse a ese fin y, en consecuencia, ser más o menos natural, e incluso si el alejamiento es muy grande, la posibilidad de ser antinatural. Se dan seres, por eso, anormales o defectuosos.
Si los seres naturales tienden a lograr un fin, quiere decir que en ellos se da una regularidad, un orden. Por eso dice Villey: “El telos (fin) de los seres naturales, es un orden que, por sí mismo, es un bien (agathon). Lo cual es observable: la simiente produce un árbol, unas flores y unos frutos. El hombre empieza por ser un feto; y ese feto se transforma, a través de la infancia y de la adolescencia, en un Apolo o en una hermosa muchacha; en algo mejor que el feto” .
No hay, pues, que separar “el ser” y el “debe ser”; sino el contrario, identificar el bien con el ser. Como dice Santo Tomás: Ens et Bonum convertuntur y bonum est in re (El ser y el bien son convertibles; el bien está en el ser y el ser es bueno).
El bien es parte integrante del ser, como su causa final o forma (modelo o ejemplo). De aquí se deducirá una importante consecuencia para el conocimiento de lo natural, o del bien; la observación de la naturaleza. Porque de lo normal o regular, se podrá concluir qué es lo bueno. No lo que se da más en algún período, sino lo que más se acerca al fin o a la perfección.
Conviene, para una mejor comprensión, tener en cuenta su origen etimológico. “Naturaleza” viene del latín nasci, nacimiento, origen, lo que da una idea de tener un modo de ser en cierta medida preexistente y determinado. Los seres tienen su “programa” que los dirige en determinada dirección. Pero, además, el concepto se relaciona con la palabra griega physis, que evoca el crecimiento, el brote, el principio de desarrollo. Luego, como dice Villey, estamos habituados a asociar a la palabra naturaleza la idea de inercia, mientras que, por el contrario, la Física de Aristóteles estaba fundada sobre el movimiento (kinesis).
Como se suele sostener que la noción de naturaleza es esotérica y abstrusa, imposible de comprender y asir, daré unos ejemplos que muestran que se trata de algo normal y corriente y que en la vida diaria todos la usamos. Comenzaré señalando que “natural” quiere decir “estar hecho para”, tender espontáneamente en ciertas condiciones hacia una dirección o resultado. Así decimos el hombre es naturalmente sociable, porque no lo concebimos aislado o en absoluta soledad; es natural que el pez viva en el agua; que la ocasión haga al ladrón; que el hierro sea atraído por el imán (no así la madera), que tenga peso, que sea frío y duro, etc. El varón es naturalmente atraído por las mujeres y viceversa (por eso se afirma que la homosexualidad no es natural, aunque ahora parece dudarse); los padres aman a sus hijos; los viejos ven y escuchan con menor agudeza, la piel se les arruga, el pelo se encanece, la memoria y la atención se dificultan, se les desarrolla el abdomen y se encorvan, etc. Todo ello, repito, es natural, por eso nos asombra y no consideramos como normal a la mujer con barba, o al varón con voz aflautada, etc.
A su vez es natural que las personas de ambos sexos, si pasan sin comer ni beber un día, sientan hambre y sed, y si corren durante dos o tres horas se sientan cansadas y tengan sueño si han estado dos días sin dormir, es natural que sean atraídos por los placeres y huyan del dolor, etc. Cada especie tiene sus potencialidades o tendencias y no sólo el hombre o los animales. La tiza está hecha para escribir en un pizarrón y no en el suelo o en un papel, eso es lo natural, como que las piedras se rompan si les damos un fuerte golpe, que sean pesadas y resistentes y que tengan ciertas propiedades calóricas. Todo eso es tenido en cuenta por el arquitecto cuando construye una casa. Extraña, en cambio, que haya quienes –juristas, por ejemplo- nieguen una ética o un derecho natural por considerar metafísica y misteriosa a esta noción y que no vacilen, sin embargo, en hablar o referirse a la naturaleza jurídica de ciertas instituciones.
Dos problemas se presentan en el análisis del fundamento de la ética: 1) como se inicia el saber ético, su origen primero; 2) la influencia de la naturaleza en la ética.

EL ORIGEN DEL CONOCIMIENTO ÉTICO

¿Cómo sabemos lo que es bueno? ¿Resulta de una reflexión sobre comportamientos de los cuales deducimos los principios más generales de la moralidad o de alguna otra forma?
Siguiendo a Tomás de Aquino considero que los primeros principios de la ley natural que especifican las formas básicas del bien y del mal y originan el saber ético, son evidentes e indemostrables y no son inferidos de principios especulativos, es decir, no son deducidos de hechos. Estimo, siguiendo al filósofo neotomista John Finnis, que una conducta no es percibida por la razón como “natural” y por ende como razonable o buena, sino que, por el contrario, es la razón práctica la que discierne qué acciones son conformes con la misma razonabilidad práctica, y por ende buenas y “naturales”.
Pero me permito advertir también, que este reconocimiento no significa que la naturaleza humana no juegue un rol importante en las determinaciones éticas, como se verá enseguida.
Como sostiene Finnis “los primeros principios de la ley natural se derivan de los primeros principios premorales de razonabilidad práctica” . En este sentido y siguiendo a Deploige, se puede tomar como punto de partida la constatación de un hecho. Observa este autor en referencia a Tomás de Aquino, que deliberando sobre una decisión que se debe tomar nos apoyamos siempre en un principio que, en el momento por lo menos, no es discutido.
De algunos de estos principios, Santo Tomás dice que son “primeros”, análogos a los criterios supremos de orden especulativo. De ellos partimos cuando queremos obrar: ellos indican la dirección. A ellos recurrimos en caso de duda: ellos son la norma permanente.
Finnis, a su vez, rechaza la crítica de Stone en referencia a la falta de demostración de los iusnaturalistas de la derivación de normas éticas a partir de hechos. Y responde: “no lo han hecho, ni necesitan hacerlo dado que nunca soñaron con intentar una derivación de ese tipo” . Según Finnis, el aquinate

“afirma de la manera más clara posible que los primeros principios de la ley natural, que especifican las formas básicas del bien y del mal y que pueden ser captadas adecuadamente por cualquiera que tenga uso de razón (y no sólo por metafísicos), son per se nota (evidentes) e indemostrables. No son inferidos de principios especulativos. No son inferidos de hechos. No son inferidos de proposiciones metafísicas sobre la naturaleza humana, o sobre la naturaleza del bien y del mal, o sobre ‘la función de un ser humano’, ni son inferidos de una concepción teleológica de la naturaleza. No son inferidos ni derivados de nada. Son inderivados (aunque no innatos). Los principios sobre lo que es moralmente correcto o incorrecto, asimismo se derivan de los primeros principios pre-morales de razonabilidad práctica y no de algunos hechos, sean metafísicos o de otro tipo. Al discernir lo que es bueno, lo que ha de ser perseguido, la inteligencia opera de una manera diferente, dando lugar a una lógica diferente, de cuando discierne lo que sucede de hecho (histórica, científica o metafísicamente); pero no hay ninguna buena razón para sostener que estas últimas operaciones de la inteligencia son más racionales que las primeras.” (FINNIS 2000, p.67)

Finnis afirma siguiendo a Tomás que “los primeros principios de la razón práctica –incluso el primerísimo en el que todos los demás se fundan: bonum est faciendum et prosequendum et malum vitandum (se debe hacer el bien y evitar el mal)- y los correspondientes bienes humanos básicos son evidentes de suyo (per se nota) y no requieren demostración, aunque si experiencia pues no son innatos”. (cita de Orrego en el prólogo, p. 19 )
Ahora bien, podemos preguntarnos, ¿de dónde vienen? Nacen de nuestras necesidades hechas conscientes, de sus exigencias sentidas y reconocidas. Desde el fondo de nuestro ser brotan aspiraciones, emergen tendencias. Estos deseos que sentimos, estas inclinaciones que constatamos, nos dan la idea de bien .
Se dirá que es una fórmula vacía. Puede ser, agrega Deploige, “pero bastará prestar atención a las diferentes necesidades, distinguir las inclinaciones, clasificar los bienes hacia donde tienden los hombres, para dar a la fórmula un contenido; para explicitar la norma suprema en varias otras, todavía generales pero más precisas” .
Santo Tomás no se contenta con advertir la universalidad de la tendencia hacia la felicidad y del deseo del bien en general. Hace notar las aspiraciones que comúnmente están al día en la especie humana y señala que se observan sin excepción, por todas partes, siempre, y en todos.
Estas están evidentemente en el fondo íntimo del sujeto que las siente. Descubren su modo de ser constante, su manera propia de obrar y de reaccionar, su preocupación dominante. Son el ser mismo, que se afirma con sus necesidades, que pide lo que quiere tener, lo que debe devenir, que tiende con un esfuerzo espontáneo hacia el estado de perfección que se siente capaz de alcanzar. Estas no le han sido sugeridas accidentalmente. Estaban en él desde su origen. Su existencia se impone como un hecho primitivo.
Sin duda, continúa Deploige, la reflexión debe, con el concurso de la experiencia y de la ciencia, reglamentar nuestras tendencias. Tal vez sin haber tenido la intención de hacer un análisis exhaustivo, Santo Tomás enumera una serie de “inclinaciones naturales” cuya presión lleva a la razón a formular estas proposiciones normativas:
1) En primer lugar es una tendencia común a todos los seres existentes: el instinto de conservación o el querer vivir según su naturaleza propia.
2) Luego es el instinto sexual y el deseo de sobrevivir que la especie humana comparte con las especies animales y que aseguran su perpetuidad.
3) Es aún, -y esto es especial de los humanos- el instinto social y la necesidad de ayuda mutua.
4) Es, en general, la evolución de nuestras facultades y especialmente la de la inteligencia que siente la necesidad de saber y que aspira al conocimiento de lo verdadero.
El oficio de la razón consiste en encaminar estas tendencias más o menos vagas hacia su término. Proclama bueno y deseable lo que se probará ser un medio para realizar uno de estos fines naturales, y reprueba lo que impide el desarrollo del ser en el sentido de su naturaleza .
Así, por ejemplo, de que la vida es natural, la razón concluye que hay que querer todo lo que es una condición indispensable de la existencia colectiva, todo lo que procura la paz, asegura el orden, mantiene la justicia y favorece el progreso. Quedará por determinar los medios para alcanzar en la medida de lo posible estos fines generales.
Los fines de la acción humana no son por tanto, en la concepción tomista, un ideal fuera de todo alcance, una vana quimera, una utopía engañadora. Son el término hacia el cual el sujeto se encamina con movimiento espontáneo, el fin hacia el cual tiende naturalmente.

NATURALEZA Y COMPORTAMIENTO ÉTICO

¿Hay pues alguna relación entre el ser y el deber ser? El conocido filósofo Mario Bunge es radical. Sugiere la necesidad de reemplazar la ética religiosa por una ética científica que enseñe las pautas óptimas de la conducta deseable. Por ejemplo en el caso del cigarrillo, sabiendo que daña la salud concluye con que es desaconsejable fumar. Y afirma que hay una relación íntima entre ciencia (ser) y técnica (deber ser) explicando que la técnica se funda en la ciencia. Pese a conocer la ley de Hume la desecha expresamente, estimando que el ser influye en el deber ser, como se puede apreciar en el funcionamiento de ciertos artefactos. Esto, considera, se puede aplicar a la ética y a la naturaleza humana .
Que hay alguna relación entre ser y deber ser explica que Finnis haya considerado que Tomás de Aquino estaría de acuerdo con que “si la naturaleza del hombre fuese diferente, también lo serían sus deberes” . De esta forma, este autor reconoce expresamente una influencia de la naturaleza humana en la ética.
De modo que el hombre es orientado inicialmente en sus acciones por algunas evidencias. Se comienza sabiendo lo que es razonable o bueno porque se tiende a ello. Pero luego, cuando se ha logrado una cierta experiencia sucede de otro modo: si se concluye que una conducta es natural, se determina que es buena. Pienso, pues, que hay dos momentos. En el inicial la evidencia de los primeros principios nos permiten captar lo bueno. Más tarde, se advierte que hay comportamientos naturales y se deduce que son, por eso, buenos. La semejanza de tratamiento de las cuestiones jurídicas fundamentales por parte de pueblos diversos en estadios de desarrollo similares muestra la influencia de la naturaleza humana. En todos los países existe en ciertas situaciones el matrimonio, la familia, la prohibición de incesto, la propiedad, el castigo de los homicidios y de los robos, el reconocimiento de los contratos, la necesidad de autoridad, etc.
La influencia de lo natural en lo social explica, también, la existencia de regularidades fácticas que pueden considerarse verdaderas leyes sociológicas . Ellas ocurren cuando se dan circunstancias iguales o semejantes, que producen las mismas consecuencias. Por ejemplo la conocida ley de “frustración-agresión” o las regularidades económicas (“La moneda mala desplaza de la circulación a la moneda buena”), los difundidos dichos populares como “Nadie es profeta en su tierra”, “Dime con quien andas y te diré quien eres” o “La ocasión hace al ladrón”, etc.
Por último, los 10 mandamientos se fundan o están conformes con la naturaleza humana. He sostenido que hay una tendencia natural a creerlos y también a obedecerlos, y que sus violaciones producen por eso un daño social .

OTRAS CONSIDERACIONES: LO JUSTO O ÉTICO NATURAL

Ahora bien, la doctrina tomista de los fines de la acción sirve por naturaleza para calmar el afán de algunos pensadores sociales sobre como escoger éticamente entre las diversas tendencias, las que están verdaderamente fundadas de las desechables . Descarta el peligro de una carrera quimérica. No toma las reglas de la acción en las sugestiones de la fantasía, sino en la observación de la realidad, pues, de una parte, las descubre en el estado de máximas universales, en la moral espontánea, práctica, vivida; por otra parte, las explica y establece su objetividad, mostrando sus vinculaciones con las inclinaciones de la naturaleza humana, individual y social. Esta preocupación que pone en la relación entre la ética (deber ser) y las inclinaciones de la naturaleza humana (ser) muestran que ambas entidades guardan estrechos vínculos, de modo que el ser influye en el deber ser.
Sin embargo, antes de preocuparse de lo que debe ser, Tomás de Aquino se pregunta por lo que es. Y observa la diversidad de las reglas de conducta, de las leyes y de las instituciones.
Es verdad, que todos los hombres desean ser felices. Pero esta aspiración a la felicidad busca su satisfacción en direcciones muy diferentes. Uno prefiere la riqueza, otro los honores, un tercero el placer, y así por el estilo. Cada uno tiene su ideal de vida, al cual con más o menos continuidad y éxito, subordina la serie de sus esfuerzos.
Lo que es más grave es la oposición de los juicios de los hombres sobre el bien y el mal. No todos aprecian de la misma manera la honestidad y la deshonestidad. Sus sentencias se contradicen de un lugar a otro; cambian con el tiempo y los individuos. Hay que preguntarse, en consecuencia, si hay cosas naturalmente justas o si todo es cuestión de pura convención.
Sostengo con Santo Tomás que se encuentran, a pesar de todas las apariencias, cosas intrínsecamente justas, y actos malos por su naturaleza . Pero advierte también Tomás que el terreno sobre el cual el moralista se mueve es un terreno complejo, variable, difícil, sobre el cual no se avanzará sino haciendo tanteos. Los datos de hecho con los cuales el legislador debe contar, varían según los ambientes y según las épocas.
El aquinate se maneja con dos reglas. La primera, se deduce de su solución del problema de los fines. Se la puede sintetizar así: “Moralistas y legisladores deben, en lugar de seguir las sugerencias de su fantasía, guiarse por las tendencias espontáneas del ser e inspirarse en la formalidad intrínseca de las instituciones”. La segunda proclama que hay que tener en cuenta las exigencias y plegar los preceptos morales y jurídicos a la variedad de las situaciones.
La aplicación de estas dos reglas hace que la moral y el derecho no tengan el aspecto de un edificio silogístico, dice Deploige. Se descubren sin duda máximas que poseen un valor universal, porque son racionalmente deducidas de los primeros datos comunes de la ley natural; pero entran también en su estructura prescripciones varias, que son las adaptaciones multiformes de los primeros principios a una materia movediza..

LAS VARIACIONES DE LA MORAL

Otra cuestión importante cuando se analiza el fundamento de la ética, es explicar las variaciones de la moral en las diferentes sociedades. Si la ética tiene una gran vinculación con la naturaleza humana ¿como se explican sus diferencias, puesto que la naturaleza del hombre es única y constante, variando en lapsos muy prolongados de miles de años?
Santo Tomás las explicaba por tres razones fundamentales que se pueden sintetizar de esta manera: 1) La influencia de las pasiones; 2) No siempre se percibe moralmente con claridad, no todos los pueblos y personas tienen la misma capacidad de percepción moral; 3) La variación de las circunstancias.
Con respecto a este último punto, es evidente que si las circunstancias varían en forma desmesurada, los criterios de justicia y ética normales pierden vigencia y se hacen necesarios otros inéditos que se adecuen a la reciente situación. No puede extrañar, entonces, que surjan cada vez nuevos criterios morales y que en determinados momentos se produzcan situaciones de conflicto y desorientación entre un criterio vetusto y otro nuevo.
En algunos pueblos se acepta la esclavitud, en otros la esclavitud es un crimen; la tortura fue aceptada como un medio de confesión, hoy en día es rechazada en todo el mundo civilizado. En algunos países el único matrimonio válido es la monogamia, en otros existe la poligamia. En algunos pueblos el padre tiene un poder absoluto sobre los hijos y sobre la mujer, en nuestra moderna sociedad el poder del padre está limitado, etc. La historia de la humanidad está así plagada de injusticias y crímenes sin par.
Los relativistas lo explican sosteniendo que no existe ningún principio fijo de valor en las relaciones humanas, sino que todos están condicionados históricamente o son relativos a la sociedad. El principio particular dice: no existe norma de justicia fija e invariable válida para todas las sociedades y épocas, por lo tanto, valoraciones diferentes y hasta opuestas se pueden conectar con una situación socialmente idéntica.
Se puede plantear si la ética es inmutable y lo justo no cambia, ¿cómo se concilia con el cambio histórico, especialmente en una época de mutaciones vertiginosas y hasta en sus estructuras más íntimas como es la actual? ¿Cómo es posible que principios idénticos produzcan soluciones igualmente éticas en casos totalmente distintos? Para contestarlo, es indispensable hacer una distinción entre lo ético condicional y lo incondicional. Porque la mayoría de los preceptos éticos son condicionales, suponen un contexto social dado, teniendo dos partes: a) una hipótesis, que especifica las condiciones de aplicación y b) la disposición o lo debido, que establece lo que se debe hacer. Ellos no establecen una afirmación incondicional como “debe ser B”, sino que son condicionales:“dado A debe ser B”. Así por ejemplo no es exacta la afirmación de que no se debe matar, salvo que se entienda que está implícita la condición “injustamente”, porque hay muchas situaciones en las que es lícito matar, verbigracia, en legítima defensa, en caso de guerra, etc. El verdugo incluso tiene el deber de matar. Luego, lo que se quiere significar es que no se debe matar injustamente. Algo semejante sucede con el robo o la mentira. Si varía la situación significativamente y también cambia lo debido, no hay exactamente cambio sino permanencia. Sólo si cambiando grandemente la situación se mantiene lo debido, es cuando hay verdaderamente variación. No puede extrañar entonces que surjan cada vez nuevos criterios y que, en determinados momentos, se produzcan situaciones de conflicto y desorientación entre un criterio vetusto y otro reciente.
Un caso típico, muchas veces citado, ha sido el de los intereses. En la Edad Media la Iglesia y el derecho condenaron el préstamos a interés por inmoral. Hoy en día, es universalmente aceptado. ¿Significa esto que cambió la justicia o la moral? No, simplemente que hubo un cambio tan grande de la situación, que la norma antigua se volvió injusta e inaplicable.
Tampoco se debe confundir la noción de ética absoluta con la negación a reconocer el progreso de los criterios éticos. Con el correr del tiempo la humanidad se perfecciona y mejora el conocimiento ético. Se afinan los criterios y permiten mejor precisión y detalles. Pongamos un caso que ayuda a ilustrar la cuestión, el problema de los impuestos: fueron semejantes (paridad), luego proporcionales y ahora progresivos.
Las penas, por ejemplo se han suavizado. Primitivamente eran feroces. Las nuevas nociones de humanidad las han dulcificado. Ahora se tiende a reemplazarlas por la probation. Pero también existen normas incondicionales en las cuales el criterio no cambia aunque varían las circunstancias, porque siempre es y será malo. Por ejemplo, la esclavitud, la inferioridad de la mujer, la tortura, la privación de la legítima defensa en juicio, etc. La explicación reside en que el conocimiento ético progresa con el desarrollo de la humanidad y las sociedades primitivas muchas veces no pueden advertir la existencia de estas inmoralidades.
Luego, la inmutabilidad de lo bueno, su valor absoluto, no se opone a su progreso, sino por el contrario, significa nuevas soluciones a nuevos problemas. Nuevas hipótesis exigen inéditos remedios. Tampoco se oponen a una mejor determinación de lo bueno.

UNA REFUTACIÓN DEL RELATISMO

Ahora, ¿cómo se explica que hay sociedades en las cuales existen las mismas condiciones sociales y los criterios éticos y de justicia son diferentes? La mejor respuesta la da el psicólogo social norteamericano Solomon Asch. Razona así: los relativistas afirman que las condiciones sociales no solamente exigen el cumplimiento de prácticas particulares, sino que también inculcan la convicción de que son correctas y justas. Observan que la investigación histórica demuestra la falta de estabilidad de las instituciones humanas, y que quienes las practican se adhieren a ellas de una manera absoluta. Y afirman “que la suposición acerca de la racionalidad de los valores, es una ilusión engendrada socialmente” .
Asch sostiene que las ideas relativistas suelen estar fundadas en la teoría del estímulo-respuesta del aprendizaje y la motivación. Según esta teoría, el valor de un acto se puede vincular a voluntad con una situación dada, según las consecuencias que acarrea. Cualquiera de las respuestas Rx, Ry o Rz son posibles a la situación S1. El que con una u otra respuesta llegue a conectarse con la situación S1 depende de que una de ellas sea seguida de la recompensa. Se desprende de ello que podemos, mediante el manejo de recompensas y castigos, vincular con la misma situación cualquiera de entre dos respuestas opuestas.
Luego, según esta teoría, la explicación en términos de estímulo-respuesta presupone una relación completamente arbitraria entre la situación y la acción, y entre ésta y la consecuencia. Se concluye que las creencias, las costumbres y los valores también constituyen “respuestas” aprendidas exactamente como la conexión entre una persona y su nombre o entre ella y su número de teléfono. Aprendemos a creer aquello que nos agrada y a no creer lo que nos ocasiona dolor. Las sanciones sociales o los sentimientos serían la causa de nuestras ideas de lo bueno y lo malo. El ser humano, como el agua, acepta cualquier forma que se le confiera. Y “así puede hoy, alabar la propiedad y mañana vituperarla. Nuestros valores éticos no son nuestros; son los de cualquier medio de comunicación que haya conseguido el acceso a nosotros [...] El individuo es plástico” .
Asch afirma que esta teoría ignora el hecho de que la gente emite discriminaciones éticas y siente exigencias desde la infancia. Supone, por el contrario, que las personas están al principio en blanco en cuanto se refiere a estas distinciones. Por eso insiste en que las normas y los valores son primeramente externos al individuo y luego son internalizados. El proceso de socialización sería así la adopción sin crítica de creencias y valores. Pero, dice Asch, “cuando valoramos un acto como bueno o malo lo hacemos con referencia a su ubicación y marco. Siempre valoramos los actos en cuanto partes de condiciones dadas. Juzgamos que está mal apartar el alimento de un niño hambriento, pero no si está comiendo de más. Consideramos que es bueno cumplir una promesa, pero no si es una promesa de cometer un crimen.” (Ash, p. 377) Estos ejemplos constituyen una evidencia de que el requerimiento no es una propiedad que pertenezca a una acción independiente de su marco y relaciones. Todo juicio sobre el valor de un acto considera las circunstancias particulares en que ocurre.
Como muestra Asch, actuamos respecto de una situación dada en términos de su significado, lo que entendemos de ella y lo que la experiencia nos enseñó acerca de ella. Los términos cuyos conocimientos debemos tomar en el análisis de las acciones que poseen un carácter de valor son: a) las condiciones dadas externamente; b) el significado que poseen para el actor; c) las valoraciones y requerimientos que producen el conocimiento y la comprensión que están a nuestro alcance; y d) las acciones resultantes. Ahora bien, la tesis del relativismo apunta a una falta de constancia en la relación entre a) y d). Sin embargo no llega a tratar con los términos intervinientes. En particular no considera la relación entre la valoración c) y las condiciones cognoscitivas dadas b). Pero el relativismo, para ser válido psicológicamente, debe afirmar que se puede vincular diferentes valoraciones con situaciones que poseen el mismo contenido cognoscitivo y emocional. Por ejemplo, el valor del aborto depende de cómo se considera el feto, si es o no un ser humano. Siguiendo la posición de Duncker, Asch afirma que “que los valores aparentemente opuestos no constituyen, la consecuencia de la diversidad en los principios éticos, sino de las diferencias en la comprensión de una situación, diferencias en ‘significado situacional’ y no a una diversidad de principios” .
Se comprende bien este punto cuando están en discusión los hechos de la cultura material. Afirma Asch:

“Consideramos razonables que los bantú no construyan iglus y que los esquimales no habiten en chozas con techos de paja como los bantú. En lugar de enunciar conclusiones acerca del relativismo de las prácticas de construcción, tomamos en consideración el clima, los materiales disponibles y el nivel de conocimiento del respectivo pueblo. El mismo modo de pensar es indicado cuando nos referimos a la actitud frente a los valores [...] Entonces podemos entender ciertas prácticas y valores como la consecuencia necesaria de tendencias humanas permanentes que llevan a expresarse en condiciones particulares. De ahí que el primer paso cuando se estudia y se juzga cómo se presentan los valores, es establecer la forma en que aparecen al actor y la razón por la cual le parece que son valiosas. [...] (El relativismo) trata los datos sociales de una manera fragmentaria, los divorcia de su contexto y cuando se los considera sin referencia a las condiciones en que surgen, los valores parecen poseer un carácter grotesco”. (ASCH 1962, p. 379 y 383)

RESUMIENDO

a) Cuando los pueblos valoran de modo diferente la justicia o moralidad de una situación, lo más frecuente es que las circunstancias son diferentes. Por el contrario, a igualdad de situaciones hay igualdad de valoración.
b) En otros casos parece haber igualdad de las circunstancias y desigual valoración, pero si se observa con mayor detenimiento se advierte que varían las “significaciones situacionales” que se atribuyen a los datos, es decir son desiguales las circunstancias internas o la interpretación de ciertas circunstancias. Por ejemplo, el aborto.
c) Se trata también en otros casos de un problema de desarrollo intelectual. Es comprensible que pueblos poco civilizados no puedan captar en situaciones complejas la valoración correspondiente.
d) Por fin, hay ciertos factores que impiden que se advierta la justicia o moralidad. Bajo la presión de la necesidad, de las pasiones, los intereses, las tradiciones, la ignorancia y las costumbres, es comprensible que se embote el sentimiento de justicia y la rectitud moral. El interés, el temor y la ambición pueden conducir a una racionalización de las prácticas que no pueden ser justificadas por la razón.
e) Debe ponerse de manifiesto que normalmente las diferencias en los juicios que versan sobre la justicia o moralidad, se dan cuando se desciende a los casos concretos. Es en el terreno de la casuística donde surge fácilmente la discrepancia. Esto se explica obviamente porque la diversidad de circunstancias influyen incuestionablemente en la solución. En cambio, en cuanto se asciende a los terrenos de los principios la uniformidad suele ser tan abrumadora como sorprendente. Es un lugar común entre los sociólogos reconocer como los diversos pueblos, en iguales circunstancias, han obrado de la misma manera. Esto explica también, como ya se dijo, la existencia de regularidades sociales denominadas leyes sociológicas.

CONCLUSION

La mayor objeción contra una moral basada en la naturaleza humana, se basa a mi parecer, en las modificaciones que experimenta en las diversas sociedades y en el transcurso del tiempo, supuesta una naturaleza que permanece invariable. Aunque el hecho es real, estimo que se ha podido explicar satisfactoriamente las razones que la producen. Por lo tanto, aunque se puede discrepar con este fundamento, considero razonable reconocer que la naturaleza sigue siendo un referente insoslayable cuando se investiga una cuestión tan compleja como importante.

BIBLIOGRAFIA

ASCH, Solomon, Psicología social, Eudeba, Buenos Aires, 1962.
BUNGE, Mario, Ética y ciencia, Siglo XX, Buenos Aires, 1986.
CASTIGLIONE, Julio César, El camino de la paz, UCSE, Santiago del Estero, 1998.
CASTIGLIONE, Julio César, Las lecciones del Derecho Romano o el nacimiento del Derecho, UCSE, Santiago del Estero, 1996.
CASTIGLIONE, Julio César, El poder, UCSE, Santiago del Estero, 2002.
DEL VECCHIO, Giorgio, Filosofía del Derecho, Bosch, Barcelona, 1960.
DEPLOIGE, Simón, El conflicto de la moral y de la sociología, Capitel, Buenos Aires, 1948.
FINNIS, John, Ley natural y derechos naturales, Abeledo Perrot, Buenos Aires, 2000.
LECLERCQ, Jacques, Lecons de droit naturel, Tomo IV, Louvain, 1948.
MASSINI CORREAS, Carlos, La falacia de la “falacia naturalista”, Idearium, Mendoza, 1995.
RABBI-BALDI CABANILLAS, Renato, Las razones del derecho natural, Ábaco, Buenos Aires, 1998.
SANTO TOMAS, Suma Teológica, Tomo VI, BAC, Madrid, 1956.
SANTO TOMAS, Suma contra Gentiles. Tomo II, BAC, Madrid, 1953.
ZAVADIVKER, Nicolás, Una ética sin fundamentos, UNT, Tucumán, 2004.
VILLEY, Michel, Compendio de filosofía del derecho, Tomos I y II, Eunsa, Pamplona, 1979 y 1981.
VILLEY, Michel, Consideraciones en pro del derecho natural clásico. UNC - Dirección General de Publicaciones, Córdoba, 1966.

 

| Presentación | Institucional | Actividades | Artículos | Fotos | Contactos | Email |

 


3 de Febrero 143 - Santiago del Estero - Argentina - Tel/Fax +54 385 424 1285 - Email icf@ucse.edu.ar

 

 


Contador de Visitas