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¿POR QUÉ SAN JUAN NO CUENTA LOS EXORCISMOS DE JESÚS?

Por el P. Ariel Álvarez Valdés*


Milagros impresionantes
De todos los milagros que hacia Jesús, los más llamativos fueron los exorcismos, es decir, la curación de personas que parecían tener un espíritu extraño en su interior.
Los Evangelios han conservado seis de esos relatos: el del endemo-niado de Cafarnaúm (Mc 1,23-28), del poseído de Gerasa (Mc 5,1-20), de la hijita de una mujer sirofenicia (Mc 7,24-30), de un joven epiléptico “con un espíritu mudo” (Mc 9,14-27), del endemoniado mudo (Mt 9,32-34) y del endemoniado ciego y mudo (Mt 12,22).
Además de éstos, hay en los Evangelios otras narraciones genéricas que muestran a Jesús curando endemoniados. Por ejemplo: “Al atardecer, cuando se puso el sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados... y Jesús sanó a muchos enfermos y expulsó muchos demonios” (Mc 1,32-34); “Y recorría toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios” (Mc 1,39); “Los que estaban enfermos se le echaban encima para tocarlo, y los espíritus inmundos, al verlo, caían a sus pies” (Mc 3,10-12).
También las parábolas de Jesús hablan sobre los exorcismos. Así, en cierta ocasión dijo a los escribas y fariseos: “Cuando el espíritu in-mundo sale del hombre, anda vagando por lugares secos buscando reposo; como no lo halla, dice: «volveré a mi casa de donde salí»; y al llegar la encuentra desocupada, barrida y adornada; entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, entran y se instalan allí; y el fi-nal de aquel hombre llega a ser peor que el principio. Así también suce-derá a esta generación malvada” (Mt 12,43-45).

Una respuesta al zorro
Vemos, pues, que los Evangelios guardan un claro recuerdo de los exorcismos de Jesús de tres maneras distintas: en los relatos, en los sumarios y en las parábolas. Incluso hasta sus dichos recuerdan los exorcismos, como cuando declaró: “Nadie puede entrar en la casa del fuerte (es decir, el demonio) y saquear sus bienes, si no lo ata primero (como hacía Jesús en sus exorcismos); entonces podrá saquear sus bienes” (Mc 3,27).
Pero la fama de Jesús como exorcista no aparece sólo en los Evange-lios. También el libro de los Hechos de los Apóstoles la recuerda. Por ejemplo cuando Pedro, en la catequesis que le dio al centurión Cornelio y a su familia, les cuenta que Jesús “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el Diablo” (Hch 10,38), como si este solo dato resu-miera toda su actividad.
Un indicio de su importancia lo encontramos en el hecho de que Herodes Antipas, gobernador de Galilea, trataba de matar a Jesús preci-samente por los exorcismos que hacía. Por eso cuando se lo contaron a Jesús, éste dijo: “Vayan y díganle a ese zorro: «Yo expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana; y al tercer día voy a terminar mi ta-rea»” (Lc 13,31-33).
La función de exorcista era tan característica de Jesús, que algu-nos estudiosos piensan que ella lo volvió famoso al principio en los pueblos de Galilea.

¿Y el pasado de María?
Por todo eso, resulta extraño comprobar que el Evangelio de Juan guarda un absoluto silencio sobre los exorcismos de Jesús. No cuenta ni un solo relato, ni una frase, ni una palabra, ni un dicho que pudiera dar a entender que Jesús los hubiera realizado.
¿Por qué los eliminó? ¿Por qué no quiso contarlos? Los estudiosos han propuesto diferentes soluciones. La primera y más sencilla es pensar que el autor del Cuarto Evangelio no los conocía. Porque mientras los tres primeros Evangelios (Mateo, Marcos y Lucas) cuentan muchos milagros de Jesús, Juan cuenta sólo siete, como si sólo se hubiera enterado de ésos y nada más.
Pero esta explicación queda descartada por el hecho de que, al fi-nal del Evangelio, el mismo autor escribe: “Jesús realizó muchos otros signos, que no están escritos en este libro” (20,30). O sea que el autor sabía que Jesús había hecho muchos otros milagros aparte de esos siete. Y los más populares y difundidos eran sin duda los exorcismos, más aún que la conversión del agua en vino, o la resurrección de Lázaro, que só-lo él cuenta y nadie más. Por otra parte, vemos que María Magdalena es un personaje importante en el Cuarto Evangelio. ¿Nunca se enteró Juan de la antigua tradición según la cual Jesús había expulsado de ella siete demonios? (Lc 8,2; Mc 16,9)
Todo esto vuelve inaceptable la explicación de que Juan no conocía los exorcismos realizados por Jesús.

Ciudad sin endemoniados
Una segunda razón propuesta es que, mientras en los otros tres Evangelios Jesús se pasa casi todo el tiempo en Galilea, en el Cuarto Evangelio Jesús está casi siempre en Jerusalén, la Ciudad Santa, cuya pureza era cuidada con mucho esmero, y donde era difícil encontrar ende-moniados. Éstos se hallaban más bien en el interior del país. Por eso Juan no tiene ocasión de contar exorcismos.
Pero si bien es cierto que el Evangelio de Juan sitúa a Jesús casi siempre en Jerusalén, de los siete milagros que éste cuenta, cuatro tie-nen lugar en Galilea: la conversión del agua en vino (2,1-12), la cura-ción del hijo de un funcionario real (4,43-54), la multiplicación de los panes (6,1-15) y la caminata de Jesús sobre las aguas (6,16-21). Por lo tanto, podía haber contado también algún exorcismo hecho en Galilea.

No creía en los espíritus
La tercera explicación que se ha dado a este enigma es que Juan, autor del Cuarto Evangelio, era un ex-saduceo convertido al cristianis-mo; y los saduceos formaban un grupo religioso judío que no creía en de-monios, ni en espíritus, ni en ángeles (Mc 12,18; Hch 23,8). De modo que al convertirse al cristianismo, este ex-saduceo no quiso contar los exorcismos de Jesús porque él no creía en ellos.
Pero esta ingeniosa solución también queda desmentida por el mismo Evangelio, ya que Juan afirma cuatro veces que los enemigos de Jesús lo consideraban a Él endemoniado. Por ejemplo, cuando Jesús dice que Él y Dios son una misma cosa, los judíos enojados exclaman: “Tienes un demo-nio” (7,20). Cuando Jesús comenta que Él viene de Dios, repiten: “¿No decimos con razón que estás endemoniado?” (8,48). Cuando Jesús dice que quien lo escucha no morirá jamás, le contestan: “Ahora estamos seguros de que tienes un demonio” (8,52). Y al final de su discurso del Buen Pastor, muchos decían: “Tiene un demonio y está loco; ¿por qué le escu-chan?” (10,20).
El evangelista Juan, pues, no niega la posibilidad de la posesión demoníaca. Lo que ignora es que Jesús la hubiera curado alguna vez. Pero ¿por qué? ¿Qué poderosa razón lo llevó a silenciar algo tan conocido y difundido de la vida de Jesús?

Una tarea peligrosa
Hay una cuarta explicación, que es la más probable de todas. Según ésta, la razón por la que Juan suprimió los exorcismos de su Evangelio es porque éstos le trajeron muchos problemas a Jesús.
En efecto, Jesús dio gran importancia a la curación de los endemo-niados durante su vida pública, como vimos en la cantidad de relatos evangélicos sobre el tema. ¿Por qué? Porque estos extraños enfermos eran personas marginadas, excluidas del sistema social, perturbadas muchas veces a causa de las desigualdades sociales, la desnutrición, el cons-tante clima de violencia y la destrucción de las familias en las zonas rurales.
Estas connotaciones de la posesión, que hoy resultan difíciles de entender para nosotros, ayudan a comprender mejor el sentido de los exorcismos, y explican por qué Jesús les dedicaba tanto tiempo y por qué nunca dejó de realizarlos. Mediante la liberación de los endemoniados y su reintegración social, Jesús revelaba lo que estaba ocurriendo en el fondo de la historia: el Reino de Dios estaba llegando a este mundo. Él mismo lo enseñó: “Si yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios” (Mt 12,28).
Los exorcismos, por lo tanto, revelaban mejor que ninguna otra ac-ción de Jesús el cumplimiento de su proyecto: un mundo donde no hubiera opresión, ni sufrimientos, ni excluidos, y la reintegración social de aquéllos a quienes la injusticia, las desigualdades y otras tensiones sociales habían dejado al margen del sistema imperante.

Con un anillo en la nariz
Pero la curación de los endemoniados tenía un grave problema: esta-ba ligada a la magia. En la época de Jesús muchos judíos realizaban exorcismos, mediante ritos mágicos y fórmulas esotéricas. Por ejemplo, solían acercar a la nariz del endemoniado un anillo envuelto en hierbas, y después de pronunciar encantamientos secretos, que se creían proceden-tes del rey Salomón, hacían caer al enfermo al suelo, y decían que en ese momento el demonio salía expulsado por los orificios nasales y se introducía en una vasija o un plato lleno de agua. Eran prácticas tan extravagantes y llamativas, que la gente creía que sólo Satanás podía dar el poder para hacerlas.
Jesús, cuando empezó a realizar sus curaciones, suprimió todos los ritos extraños de los exorcistas judíos, y simplemente con una orden o una palabra curaba a los endemoniados, mostrando así su superioridad so-bre los sanadores judíos. Pero a pesar de todo no pudo despejar las sos-pechas que su actividad despertaba. Por eso vemos que a veces su audito-rio, en vez de alegrarse, se quedaba asustado; como cuando curó al ende-moniado de Gerasa “y todos se llenaron de temor” (Mc 5,15). Otras veces, confundiendo a Jesús con un mago poderoso, algunos sanadores usaban su nombre como palabra mágica para expulsar demonios; los discípulos un día se cruzaron con uno de estos sanadores (Mc 9,38).
Al final Jesús no pudo evitar que sus enemigos terminaran creyéndo-lo un mago, aliado de Satanás, y que lo acusaran de expulsar espíritus con el poder de Beelzebul, jefe de los demonios (Mc 3,22). Incluso le pusieron a Jesús el humillante apodo de “Beelzebul” (Mt 10,25).

Magia importada de Egipto
Mucha gente, pues, malinterpretó los exorcismos realizados por Je-sús. Y así la intención de éstos, que era la de anunciar el fin de la opresión y de toda exclusión social, quedó totalmente desvirtuada.
Después de su muerte, la idea de que Jesús había sido un gran mago no desapareció; al contrario, se extendió por todas partes, a tal punto que los primeros cristianos tuvieron que enfrentar la crítica de numero-sos sectores que acusaban a Jesús de haber practicado la hechicería. Así, Flavio Josefo, un famoso escritor judío del siglo I, comenta que Jesús era un “hacedor de obras extrañas”. El Talmud, libro sagrado de los judíos, lo acusa de practicar la magia, instigar a la idolatría y engañar al pueblo. Celso, un filósofo griego del siglo II, sostenía que Jesús aprendió en Egipto las artes mágicas. Y hasta se encontró un anti-guo papiro griego de magia, con el nombre de “Jesús” como fórmula mágica empleada en los exorcismos. Por eso Justino, un cristiano mártir del si-glo II, se lamentaba de que “se atrevieron a llamar mago a Jesús”.
Así, la imagen de Jesús quedó irreparablemente dañada a causa de sus exorcismos.

Para eliminar las sospechas
Frente a estas circunstancias, es fácil comprender por qué el Cuar-to Evangelio pensó que un Jesús exorcista no era lo mejor para presentar a sus lectores. Las acusaciones de satanismo, hechicería y magia levan-tadas contra él, y también contra sus discípulos se habían instalado en la mente de muchos. Basta leer, por ejemplo, el libro de los Hechos de los Apóstoles donde tanto a Pedro como a Pablo se los llama “magos” por los milagros que realizaban (Hch 8,14-24; 19,11-17). Por eso, aunque el evangelista no ignoraba los exorcismos que Jesús había hecho, prefirió omitirlos para evitar la posible confusión o escándalo entre sus lecto-res.
Pero hubo además otras dos razones que influyeron en la decisión del evangelista Juan de eliminar los exorcismos de Jesús.
La primera, es que Juan tenía una idea de Jesús mucho más elevada que los otros tres Evangelios. Juan fue el único evangelista que llegó a la comprensión de que Jesús era igual a Dios (Jn 10,30), que obraba como Dios (Jn 5,19) y que procedía de Dios (Jn 1,14). Esta noción de Jesús fue decisiva a la hora de eliminar los exorcismos: un Jesús así no podía tener la menor sombra de sospechas de haber practicado la magia o haber estado en alianza con Satanás.

La hoguera de los papiros
La segunda razón para eliminar los relatos de exorcismos es el lu-gar donde se redactó el Evangelio. Según los estudiosos, éste fue escri-to en la ciudad de Éfeso. Y Éfeso era en la antigüedad un famoso centro de actividad ocultista.
En efecto, sabemos que en el siglo I esta ciudad era un hervidero de hechiceros, astrólogos, médiums, adivinos y magos. Para darnos una idea de ello, volvamos al libro de los Hechos. Allí se cuenta que cuando San Pablo llegó a Éfeso decidió abrir una escuela para enseñar la Pala-bra de Dios, y durante dos años estuvo predicando; al escucharlo, mucha gente se convirtió, “y venían a confesar y declarar sus prácticas; mu-chos de los que habían practicado la magia trajeron sus libros y los quemaron delante de todos; calcularon el precio de los libros, y vieron que subía a 50.000 monedas de plata” (Hch 19,18-19).
Los libros que estos magos y hechiceros quemaron eran rollos de pergaminos que contenían encantamientos, conjuros y fórmulas para expul-sar espíritus. Las monedas a las que alude el texto eran probablemente las dracmas de plata griegas; y una dracma de plata equivalía aproxima-damente al salario de un día de trabajo. O sea que ¡50.000 sueldos de trabajo se hicieron humo aquel día en la plaza de Éfeso! Esto nos da una idea de cuán difundida estaban las prácticas mágicas en aquella ciudad, y la enorme atracción que ejercían en la gente.
En un ambiente así, excitado por la magia y seducido por la bruje-ría, la presentación de un Jesús exorcista lo hubiera rebajado a la ca-tegoría de un mago, dañando así su imagen de Hijo de Dios. Por eso, el autor del Cuarto Evangelio prefirió prescindir de los exorcismos.

Magia y religión
Cuando San Juan escribió su Evangelio conocía los exorcismos reali-zados por Jesús. No podía ignorar, incluso, que había sido una de sus actividades más famosas, más aun que sus parábolas y enseñanzas. Pero sabía también que esa tarea suya había sido malinterpretada, y que mu-chos habían llegado a confundir a Jesús con un mago. Por eso, para evi-tar que sus lectores cayeran en el mismo error, prefirió callar el re-cuerdo de los exorcismos y contar en su lugar otros milagros más estima-dos como la multiplicación de los panes, la conversión de agua en vino, o la resurrección de Lázaro.
Es que Juan sabía que la magia es peligrosa. Tiene un gran parecido con la religión, pero es todo lo contrario: es su corrupción. La magia hace creer que ciertos ritos o ceremonias tienen poder por sí mismos (Mt 7,21-23). Que basta con cumplir determinadas prácticas o pronunciar unas fórmulas para que ya estemos en contacto con Dios, y obtengamos su favor y su auxilio. La fe en cambio es otra cosa. Es la entrega a Alguien, al que no se agrada con ritos externos, sino mediante la práctica del amor. La magia nos da, según ésta, lo que queremos. La fe nos hace descubrir qué quiere Dios. La magia nos hace repetir ritos automáticos. La fe nos hacer descubrir la novedad de Dios cada día. La magia provoca dependen-cia y miedo. La fe trae la liberación y el entusiasmo.
Muchos cristianos se creen profundamente religiosos, pero en reali-dad tienen mezclada su fe con la magia. Piensan que porque asisten a un culto, pronuncian ciertas oraciones o portan medallas y estampas han llegado al encuentro de Dios. Pero mientras tanto, no procuran cambiar su corazón, ni mejorar su vida, ni perfeccionar su servicio al prójimo. San Juan, en su Evangelio, hizo lo que pudo para que no creyéramos en un Cristo así. No lo defraudemos.

* Sacerdote, Doctor en Teología Bíblica, Profesor de Teología en la Universidad Católica de Santiago del Estero (Argentina)

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