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¿QUIÉN FUE LA PRIMERA CRISTIANA DE EUROPA?

Por el P. Ariel Álvarez Valdés*


Una invitación en sueños
Según la Biblia, el cristianismo llegó por primera vez a Europa debido a un extraño incidente. Una noche, mientras San Pablo dormía en la ciudad de Tróade, en el límite entre Asia y Europa, tuvo un sueño perturbador. Un hombre desesperado, puesto en pie, le suplicaba: “¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!”. ¿Quién era ese hombre que lo llamaba? ¿Por qué lo invitaba a viajar a Macedonia, una región extraña de Europa? ¿Tenía que abandonar Pablo su misión en oriente, e ir a ayudar al desconocido?
Al despertar, sin pensarlo dos veces, el apóstol decidió tomar el primer barco que partía hacia Macedonia. Y así fue como llegó por primera vez el cristianismo al continente europeo (Hch 16,9-10). Sus detalles constituyen una aventura sorprendente, con un final accidentado y amargo, pero que marcó para siempre la historia de la evangelización.
Todo comenzó a principios del año 49. Pablo vivía entonces en la ciudad de Antioquía de Siria (al sur de la actual Turquía), y era uno de los dirigentes de la comunidad cristiana local. Un día, junto con un compañero llamado Silas, decidió emprender un viaje misionero por el Asia Menor, para extender el Evangelio de Jesús a regiones nuevas y desconocidas (Hch 15,32).
Pablo ya había realizado tiempo atrás un primer viaje, que duró cuatro años (del año 45 al 48), y en el que había fundado varias comunidades cristianas. Pero ahora quería abrir nuevas rutas a la Palabra de Dios.

Se agrega un predicador
Los dos misioneros partieron de Antioquía rumbo al norte. Su primera parada fue para visitar las iglesias de Siria y Cilicia, fundadas por Pablo en su primer viaje (Hch 15,41). No se detuvieron mucho tiempo allí, pues el invierno estaba cerca, y debían cruzar la cordillera del Tauro antes de que el frío llegara con toda su crudeza. Partieron inmediatamente, atravesaron la empinada cordillera, a través del paso llamado las Puertas Cilicias, y ya sanos y salvos, después de diez días de marcha, llegaron a la segunda etapa del viaje: las ciudades de Derbe, Listra e Iconio (hoy en el centro de Turquía). En estos lugares también había comunidades cristianas creadas por Pablo unos años antes. Para su alegría, las encontró en pleno apogeo y sumamente activas.
En Listra, Pablo consiguió a uno de sus más fervientes compañeros: un joven judío llamado Timoteo, a quien él había convertido al cristianismo en su primer viaje, y lo había dejado como misionero en la ciudad. Ahora lo encontró trabajando animosamente, evangelizando las iglesias locales y predicando con gran energía. Pablo descubrió sus grandes cualidades, y decidió llevarlo consigo como ayudante (Hch 16,1-3). A partir de aquí, se convertirá en su gran colaborador, y en el hombre de confianza que estará junto a él hasta el fin de su vida (1 Cor 4,17). Actualmente, dos libros de la Biblia llevan su nombre: las dos cartas a Timoteo.
Pocas semanas después, a mediados del año 49, el nuevo grupo formado por Pablo y sus dos colaboradores Silas y Timoteo, siguió viaje. Hasta aquí sólo había visitado iglesias ya existentes. Ahora el plan de Pablo era ir hacia el oeste, a la gran ciudad de Éfeso, considerada “la pequeña Roma” por su esplendor y su celebridad. Allí había muchas comunidades judías a las que podía intentar convertir al cristianismo.

Viaje con planes frustrados
Partieron rumbo a Éfeso, hacia el oeste, por los angostos y escarpados caminos de la región central del Asia Menor. Cuando ya habían hecho un buen trecho, algo sucedió que obligó a los tres compañeros a suspender la marcha. ¿Qué fue? No lo sabemos. El texto sólo dice, misteriosamente, que “el Espíritu Santo les impidió predicar la Palabra en Asia” (Hch 16,6). Posiblemente recibieron alguna “profecía” en el grupo, que desaconsejaba el viaje. No en vano integraba el equipo Silas, que tenía el carisma de “profeta” (Hch 15,32). El hecho es que el periplo a Éfeso quedó así abortado. Y resolvieron ir al norte, a la provincia de Bitinia. También allí había numerosas colonias judías a las que podía hablar de Jesús de Nazaret. Pero otra vez, poco después de la partida, “el Espíritu de Jesús no se lo consintió” (Hch 16,7). Por segunda vez se truncaban los planes de Pablo, que a esta altura debió de sentirse muy desanimado. ¿Para eso habían emprendido un viaje tan largo? ¿Qué quería Jesús de ellos?
Quedaban sólo dos posibilidades: ir otra vez al oeste o regresar. Los misioneros pensaron que la primera opción era la mejor, y se dirigieron al puerto de Tróade, en el extremo oeste del Asia Menor. Ya habían recorrido casi toda la región, y no habían podido predicar siquiera una vez. De pie sobre la playa, mirando el fascinante azul del Mar Egeo, Pablo se preguntaba por qué estaba allí. Qué tenía que hacer en Tróade. Y esa noche tuvo la respuesta. Mientras dormía, se le presentó un misterioso suplicante que le decía: “¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!”. Macedonia estaba al norte de Grecia, y era famosa por ser la patria de Alejandro Magno. No estaba muy lejos de Tróade y se podía llegar hasta allí en barco. Pero Pablo era oriental, y la idea de llevar el Evangelio a occidente no entraba en sus planes. Había mucho que hacer todavía en oriente. Sin embargo algo le decía que debía escuchar la voz de sus sueños. Y al amanecer decidió partir con sus compañeros rumbo a Europa.

El narrador escondido
En este punto sucede algo extraño en el libro de los Hechos. Su autor, Lucas, que hasta este momento siempre hablaba de Pablo, Silas y Timoteo en tercera persona del plural (“ellos”), empieza ahora a hablar en primera persona (“nosotros”). Dice “viajamos” (Hch 16,11), “pasamos” (Hch 16,12), “salimos” (Hch 16,13). O sea que aquí aparece un nuevo acompañante de Pablo, el tercero además de Silas y Timoteo.
¿Quién es este personaje anónimo que se incorporó al grupo? Antiguamente se creía que era el mismo Lucas, autor de los Hechos; por eso habla de “nosotros”. Pero hoy se prefiere otra hipótesis. Al parecer, Lucas habría utilizado aquí el diario de viaje de un acompañante de Pablo, que iba narrando las etapas del camino. Con él compuso esas secciones de su libro. Y al hacerlo, conservó la primera persona del plural (“nosotros”) para darle más fuerza de “testimonio” a su obra, y otorgarle mayor dinamismo a la redacción.
Sea como fuere, aquí en Tróade se incorporó un nuevo misionero al grupo. Desde Tróade, los cuatro partieron a la región de Macedonia. Y después de dos días de navegación, y 230 kilómetros de camino, llegaron por fin a Filipos en septiembre del año 49.
Filipos tenía entonces 30.000 habitantes, estaba rodeada de murallas, y era una especie de “colonia” de militares romanos jubilados (Hch 16,12). O sea que sus ciudadanos vestían ropa romana, hablaban en latín más que en griego, observaban costumbres romanas, y era gente muy patriota (Hch 16,20-21). Pablo se vio de pronto sumergido en la cultura romana como nunca antes lo había estado. ¡Aquella colonia era todo un desafío para él y para el Evangelio que venía a anunciar!

Modista de ricos y famosos
Cada vez que Pablo llegaba a un lugar nuevo, lo primero que hacía era ir a la sinagoga, para predicar a los judíos el mensaje de Jesús. Por eso en cuanto llegó a Filipos, averiguó donde estaba la sinagoga de la ciudad. Pero se llevó una desilusión: allí no había sinagoga. Si pensamos que para la ley judía bastaban sólo 10 hombres para abrir una, podemos imaginar qué en Filipos ¡no había ni siquiera 10 judíos!
Pablo entonces, sabiendo que cuando los judíos no tienen sinagoga se reúnen a la orilla de un río, para poder realizar los ritos de purificación, ese sábado se dirigió a las afueras de la ciudad, donde pasaba el río Gangites. Pero al llegar, sólo encontró a un grupo de mujeres, reunidas en oración. Nueva desilusión para Pablo. Pero esta vez, venciendo el natural rechazo judío de predicar a las mujeres, se sentó en medio de ellas y les habló de Jesús de Nazaret (Hch 16,13). Puso alma y vida en aquella prédica. Pero a pesar de ello, no tuvo mucha aceptación entre aquellas mujeres judías. Sólo una, llamada Lidia, abrió aquel día su corazón y aceptó el mensaje del Evangelio. Pablo podía sentirse feliz. Era la primera conquista en suelo europeo.
¿Quién era Lidia? Según los Hechos, era una empresaria que trabajaba en la industria de la púrpura (Hch 16,14). Antiguamente, el color púrpura se extraía de un pequeño molusco, muy caro y difícil de conseguir, llamado murex. Como se necesitaban miles de moluscos para teñir una tela, únicamente los ricos podían comprar prendas de ese color. Por eso la Biblia presenta sólo a los reyes (Jc 8,26), gobernantes (Ez 23,6), sacerdotes (Ex 39,1) y personas importantes (Dn 5,7) usando púrpura. La parábola del rico epulón, para mostrar el lujo con el que este hombre vivía, dice que el rico “se vestía de púrpura” (Lc 16,19). Y durante la pasión, cuando los soldados se burlaban de Jesús llamándolo rey, “lo vistieron de púrpura” (Mc 15,17) (es decir, le pusieron la capa roja que llevaban los soldados romanos, que simulaba la túnica púrpura de un rey). También cuenta el Apocalipsis que la gran Ramera, que simboliza a Roma, “se vestía de púrpura y escarlata” (Ap 17,4).

Con una fe importada
Lidia, como trabajadora de la industria de la púrpura, debió de haber tenido una buena posición económica, así como empleados a su cargo. Era oriunda de Tiatira, ciudad del Asia Menor, famosa como centro de la industria de la púrpura. Pero cuando Pablo la conoció, ella ya se había trasladado a Filipos con su pequeña empresa, buscando quizás una plaza más grande para vender sus telas.
Otro dato que tenemos es que Lidia era “adoradora de Dios”. Esta expresión significa que, aunque era pagana de nacimiento (como se ve por su nombre), simpatizaba con la religión judía; por eso se juntaba los sábados a rezar con otras mujeres judías de la ciudad. Quizás había conocido el judaísmo en su patria Tiatira, donde había una comunidad judía más numerosa que la de Filipos.
Finalmente, como en ningún momento se menciona a su marido, a pesar de que tres veces se alude a su familia, podemos suponer que Lidia era viuda. Por eso es ella la que aparece dirigiendo el negocio de la púrpura, y por eso al hablar de su familia se dice “los de su casa” (Hch 16,15), como si ella estuviera al frente.
Después de escuchar a Pablo, “Dios le abrió el corazón” a Lidia, se adhirió a sus palabras y se hizo cristiana (Hch 16,14-15). Y aquel día en Filipos, Lidia se convirtió en la primera persona de Europa, que sepamos, que aceptó el Evangelio y se hizo bautizar.

Familia de bautizados
¿Lidia se bautizó ese mismo sábado, o recibió primero algunas lecciones de catequesis durante un tiempo? Aunque el relato da a entender lo primero, no debió de haber sido así. Porque el texto dice que con ella se bautizaron “todos los de su casa”; y para ello, toda su familia tendría que haber estado presente aquella mañana junto al río, lo cual es poco probable. Por eso, es mejor admitir que primero Lidia y los suyos fueron instruidos durante un tiempo prudente, y cuando conocieron mejor la fe que anunciaba Pablo, entonces fueron bautizados.
¿Quiénes integraban “su casa”? El texto no lo dice, pero según lo que el término significaba en aquella época, podemos suponer que la integraban: sus hijos (si es que Lidia los hubiera tenido), el servicio doméstico (posiblemente numeroso, en la casa de una mujer adinerada), y las empleadas de su empresa tintorera. Éstos, pues, habrían integrado el primer grupo cristiano que se formó en Europa, y que recibió el bautismo en el río Gangites. La ceremonia tuvo que ser realizada por Silas, Timoteo o Lucas, ya que Pablo no solía bautizar a nadie (1 Cor 1,14–17).
Después de su bautismo Lidia quedó tan agradecida a los misioneros, venidos de tan lejos sólo para convertir a ella y a su familia, que los invitó a alojarse en su casa (Hch 16,15). Pablo y sus compañeros no debían de estar muy cómodos donde se alojaban; quizás alquilaba una habitación en una posada, o en un albergue de mercaderes. Por eso Lidia se ofreció a alojarlos en su casa, que era grande y espaciosa.

La casa convertida en cuna
Pablo no aceptó la invitación. Primero, porque no era normal para un judío alojarse en casa de un extranjero. Segundo, porque quien invitaba era una mujer. Y tercero, porque él nunca aceptaba ayuda material de sus evangelizados. Eran muchos motivos juntos.
Pero Lidia se puso firme y los “obligó” a ir a su casa. No era sólo una cortesía. En la ciudad los judíos eran mal vistos, y sus vidas corrían peligro, sobre todo ahora que estaban difundiendo una nueva doctrina y consiguiendo adeptos. Esto lo convenció a Pablo, y aceptó la hospitalidad de la purpurera. Para Pablo no fue fácil. Era la primera vez, desde que empezó su apostolado, que se alojaba en casa de un particular, y sobre todo de una mujer. Quizás aquí fue donde empezó a madurar aquella idea, que después haría famosa en su carta a los Gálatas: “Ya no hay más distinción entre judío y extranjero, hombre y mujer” (Gal 3,28).
Desde ese momento, quizás el más incómodo de su vida, las cosas empezaron a mejorar. Pablo encontró un lugar amplio y cómodo para predicar, y los nuevos cristianos que se sumaban al grupo hallaron dónde celebrar la eucaristía. La casa de Lidia se convirtió así en su base de operaciones (Hch 16,40), en la primera casa pagana transformada en templo, y en la primera iglesia cristiana fundada por Pablo en Europa.
Pero la estancia de Pablo en casa de Lidia no duró mucho tiempo, porque poco después estalló una revuelta en la ciudad, y él y Silas fueron denunciados y arrestados (Hch 16,16-24). Lidia atravesó horas de angustia al ver que Pablo no regresaba, y más aún cuando se enteró de que estaba en la cárcel, y que lo habían apaleado. La comunidad empezó a rezar con fervor, pidiendo por sus vidas. Finalmente se oyeron unos golpes en la puerta, y aparecieron los dos misioneros, librados milagrosamente de la prisión gracias a un terremoto (Hch 16,25-39). Se habían salvado, pero sabían que sus vidas corrían grave peligro en la ciudad. Debían marcharse inmediatamente. Entonces en lo de Lidia “se reunieron todos los hermanos; los consolaron y se fueron” (Hch 16,40). Así, con una huida apresurada, terminó la primera experiencia de Pablo en Europa.

Escuchar a la nueva multitud
La forma como el cristianismo llegó a Europa, según los Hechos de los Apóstoles, fue accidentada y casi frustrante. Pablo pensaba ir al oeste, y Dios no se lo permitió. Luego intentó ir al norte, y tampoco lo dejó. Cuando por fin llegó a Europa, no encontró ninguna sinagoga para predicar. Al hallar un grupo de simpatizantes judíos, eran todas mujeres. Y cuando les habló de Jesucristo, sólo Lidia lo aceptó. ¡Pablo había hecho 1.550 kilómetros desde Antioquia para convertir a una sola persona! O sea que, paradójicamente, el hombre que le había hablado en sueños ¡había resultado ser una mujer!
Sin embargo aquella humilde y modesta entrada del cristianismo a Europa se convertirá, más tarde, en el comienzo de una de las empresas más grandiosas de la humanidad. Es cierto que las designaciones de Asia y Europa no existían en aquel tiempo como las usamos hoy, pero ya los antiguos reconocían la diferencia entre oriente y occidente; y Pablo había dado un gran paso para que la Palabra de Dios se abriera camino en una nueva región, donde millones de personas podrán conocerla, estudiarla, volcarla en nuevos moldes y plasmarla en nuevos patrones.
Hoy frente a la Iglesia se encuentra de pie una multitud de hombres y mujeres que, como el macedonio que clamaba a Pablo, la están llamando con sus gritos: “Ven y ayúdanos”. Son todos los que no encuentran lugar en sus filas, ni acogida en sus grupos, ni aceptación en sus asociaciones. Son todos los desesperados, heridos y maltratados por la vida, que se ven obligados a buscar solución a sus problemas en otros ámbitos, porque a veces la misma Iglesia les cierra sus puertas. Por eso, hoy más que nunca hace falta responder a la “llamada macedonia”. Y para eso necesitamos gente como Pablo, abierta y flexible, capaz de romper las estructuras obsoletas, de aceptar los nuevos desafíos, y sobre todo, de escuchar la voz de sus sueños.



* Sacerdote, Doctor en Teología Bíblica, Profesor de Teología en la Universidad Católica de Santiago del Estero (Argentina)

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